Carolina y su novio iban tranquilamente en el coche hablando de sus cosas cuando de repente, Carolina le confesó que la noche anterior se había masturbado.

 

Su respuesta fue inmediata.

 

  • Ofrécete. – Dijo él.

 

Ella sabía las consecuencias si no obedecía a sus órdenes. Desnudó sus nalgas y se puso de lado mirando hacia la puerta del coche ofreciendo su trasero para que él dispusiese de ella como quisiera.

 

  • Tumba el asiento y ponte boca abajo. – Masculló él.

 

Dicho y hecho, se tumbó mostrando su desnudo trasero.

 

  • ¿Qué has hecho? – Preguntó él a la vez que alargaba su mano izquierda para azotarla. – Has sido muy mala y vas a sufrir las consecuencias.

 

Cuando el tráfico se lo permitía, alargaba su mano y golpeaba con gran fuerza sus desnudas nalgas.

 

Así obró hasta llegar a su destino.

 

Una vez allí, la cosa se endureció aún más.

 

  • Súbete a la cama. Desnúdate. Ponte el antifaz y ofrécete para ser azotada. – Le ordenó.

 

Dicho y hecho. Carolina subió las escaleras e hizo lo que él le mandó.

 

Tras para lo que a Carolina le resultó una eternidad, él apareció en la habitación.

 

  • No quiero escuchar ni un solo gemido de dolor ni de queja. Has sido mala y necesitas tu castigo.

 

Una vez dadas las órdenes, tomó el látigo y azotó a la joven muchacha hasta que sus nalgas se tornaron más que coloradas en toda su extensión. Ella no podía más del dolor, pero tenía la orden de no hablar, por lo que permaneció en silencio sin articular palabra.

 

Pero la cosa no acabó ahí. Tras la severa azotaina y sin decirle nada, su novio tomó el lubricante de silicona y untó con éste un grueso pene de plástico. Acto seguido, sin calentamiento ni previa apertura lo introdujo en sus cuartos traseros. Ahí, la sorpresa y el dolor hicieron que soltase un gemido de dolor.

 

  • He dicho que no quiero oírte. – Dijo a la vez que volvió a azotar fuertemente sus nalgas.

 

Ella ya no podía más del dolor, pero no tenía otra opción. Se había portado mal y ese era su castigo por haber sido una niña desobediente.

 

A continuación, el placer iba a ser para él. Le hizo sentarse en la cama y se posicionó frente a ella.

 

  • – dijo a la vez que le acercaba su endurecido miembro.

 

Esta vez no hubo la dulzura de siempre. En un rápido movimiento de caderas, introdujo su rígido pene.

 

En el gran momento de fervor, la tumbó y la hizo suya balanceándose a un ritmo desenfrenado.

 

Así continuó hasta que él llegó al éxtasis total.