Una emoción es una alteración del estado de ánimo de la persona, sea esta intensa o pasajera, agradable o desagradable. Dicha variación viene dada por el significado y el sentido que le damos a una experiencia o situación que vivimos. Es decir, todo va en función de cómo cada uno interprete lo que pasa en su vida. Esta es la razón por la cual dos personas sienten emociones diferentes ante un mismo acontecimiento y responden adoptando comportamientos diametralmente opuestos.

Pero, ¿por qué sucede esto?

El origen está en nuestras experiencias pasadas y en la educación que cada uno recibe en su familia de origen. Ahí es donde empezamos a aprender a gestionas lo que sentimos en cada momento. El problema surge cuando ante una situación, nuestros progenitores o los adultos con los que estamos nos “prohíben” expresar lo que sentimos en cada momento.

Cuando sucede esto, adoptamos un comportamiento disfuncional y nos desconectamos de nuestros propios sentimientos.

¡Ojo! Esta “prohibición” de manifestarnos de forma clara y nítida, la mayoría de las veces la realizaban de forma inconsciente por el simple hecho de repetir patrones aprendidos en el pasado. Por favor, no nos pongamos ahora a reprochar a nuestros mayores nada.

En este artículo vamos a ver los cinco tipos de emociones básicos del ser humano (rabia, tristeza, miedo, alegría y amor) y algunos de los patrones de comportamiento disfuncionales correspondientes para cada uno de ellos. Por último, finalizaremos dándoos una herramienta que te puede ayudar a reconocer lo que sientes en cada situación de tu vida y, de este modo, puedas responder de la forma adecuada a la experiencia que estás viviendo.

Vamos a ello.

Las tres emociones básicas asociadas con la supervivencia son la rabia, la tristeza y el miedo.

La primera de ellas, LA RABIA, nos ayuda a poner límites a los demás y hacerles ver aquello que nos molesta. Esto que parece algo tan natural, muchas veces es algo que no se le permite expresar a los niños. ¿Cómo sucedía esto?

Tenemos el caso del niño que es víctima de las risas por parte de los demás cuando mostraba su enojo. También está el del que sufría de ansiedad por miedo a lo que él mismo podía llegar a hacer en este estado de rabia. O el que por no permitirle expresar esta rabia, la sustituía por un estado de falsa tristeza, lo que a la postre le llevaba a una depresión. O el niño que mostraba su rabia y algún adulto se mostraba muy dolido por lo que estaba diciendo, lo que hacía que escondiese su rabia bajo un sentimiento de culpa.

Pero la rabia no es la única emoción que nos permite sobrevivir. También está LA TRISTEZA. Gracias a ella, podemos aceptar las pérdidas de personas queridas, ilusiones, sueños o bienes materiales. Expresar nuestro sentimiento de tristeza nos permite aceptar la perdida, elaborar el duelo y superar las ataduras que se tenían hacia aquello que se ha perdido. El problema es que muchas veces no nos permitimos sentir esta pena. Pero a pesar de ello, ésta continúa en nuestro interior y nos puede llevar a sentimientos confusos. Veamos cómo.

Cuando un niño se mostraba triste por algo y alguien de su familia se reía de él, éste adoptaba un estado de falsa alegría a pesar de tener una pérdida. O si ante dicho estado de tristeza alguien competía con él haciendo ver que él o ella estaba más triste que el niño y monopolizaba la atención de los demás, la tristeza de éste se transformaba a un estado de rabia. O le decía cosas como “los hombres no lloran” y le impedían mostrar sus verdaderos sentimientos, la consecuencia es un estado de ansiedad en lugar del llanto y el duelo.

Por último, tenemos EL MIEDO. Éste nos ayuda a sobrevivir preparándonos para los peligros que pueden venir capacitándonos para responder de la forma más adecuada y sobrevivir.

Esto, que parece tan natural y algo que desde las primeras civilizaciones humanas ha permitido al ser humano llegar hasta donde estamos hoy, muchas veces se ha convertido en una falsa alegría para tapar el sentimiento de miedo riéndose de lo que está pasando.

O al revés, cuando los padres transmiten sus propios miedos a sus hijos y éstos últimos presentan situaciones de temores ante situaciones normales del día a día. Un ejemplo de esto podría ser el de la persona que va por la calle continuamente temerosa de que le roben o le hagan daño.

En este último caso entramos a infinidad de temores que los seres humanos tenemos alguna vez como puede ser el caso del miedo a perder el trabajo, o a ser distinto, o a cometer un error, o miedo al cambio. Aquí la lista es infinita.

Hasta aquí hemos visto las emociones que nos ayudan a sobrevivir. Cuando la supervivencia está garantizada, aparecen otras dos emociones, la alegría y el amor.

La ALEGRÍA. Ésta es un estado de ánimo en el que la persona se siente gozosa y jovial. En función del grado de júbilo que sienta uno, la respuesta exterior con la que nos podemos encontrar es muy variada. Puede ir desde una simple sonrisa, hasta la máxima expresión de felicidad. No en vano surgió la expresión de “dar saltos de alegría”.

El problema surge cuando en casa, por el motivo que sea, nos cohíben expresar nuestro júbilo interior. Ahí es cuando empiezan a aparecer las emociones sustitutivas.

¿Te suena de algo cuando no podías estar contento a no ser que toda la familia lo estuviese? Este tipo de actitud que algunos adultos enseñan a los niños dan lugar a personas que no pueden disfrutar sin sentirse culpables por ello.

También tenemos el caso del niño al que no se le deja disfrutar, o que le decían que iba a pasar algo malo cohibiéndole de este modo de sentir alegría y generándole ansiedad.

¿Y al niño que no se le deja disfrutar y se le amenaza con castigarle por ello? Esto hacía que sustituyese un estado de felicidad por otro gobernado por el miedo.

La última emoción básica y con la que finalizaremos es EL AMOR. ¡Qué decir de él! Es la base de nuestra existencia. Hay un dicho que afirma que “el amor todo lo cura”. Y así es. La técnica de Ho´oponopono es buena muestra de ello.

Gracias al amor nos recargamos energéticamente, elevamos nuestras defensas, nos encontramos en un estado de salud físico y mental apropiado, o superamos situaciones estresantes.

Sin embargo, algunas veces de niños nos impidieron expresar esta emoción tan sanadora, ya sea porque nos ridiculizaban cuando lo hacíamos generándonos ansiedad, o porque las muestras de amor eran insuficientes o había preferencias dentro de la familia generando celos.

Pero bueno, a todo se aprende. Nuestros progenitores lo hicieron lo mejor que supieron. Nos enseñaron lo que ellos sabían. No podemos enseñar a los demás aquello que desconocemos. ¿Pero sabes una cosa? Todo momento es bueno para aprender. Estás a tiempo de modificar tu patrón de comportamiento y mejorar tu vida en todos los ámbitos. La clave la tienes tú.

Aquí te propongo un ejercicio muy sencillo, pero a la vez muy ilustrativo de cómo aprender a percibir tus emociones. El secreto está en escuchar a tu cuerpo. Tu cuerpo responde de forma natural ante todo estímulo. Es como el perro de Pavlov que salivaba al escuchar la campana.

Para hacer este ejercicio es necesario que busques un momento de tranquilidad en el que nadie te moleste. Siéntate y relájate. Percibe cómo está todo tu Ser en este estado de relajación profunda: tus manos, tus piernas, tu pecho, tu cara… La clave está en que percibas cómo estás.

A continuación, irás pasando por cada una de las emociones básicas que hemos descrito: rabia, tristeza, miedo, alegría y amor. Empieza por la rabia. Piensa en algo que te produzca ira, enfado, rabia. Ahora escucha a tu cuerpo. ¿Dónde percebes esta emoción? ¿Qué sientes? ¿Sientes presión, dolor, congoja, contracción? ¿Dónde lo sientes? ¿Con qué intensidad?

Una vez percibida e identificada la rabia en tu cuerpo pasa a la tristeza. Permítete sentirla. Si salen lágrimas, no las reprimas. Déjalas salir. Y plantéate las mismas preguntas. ¿Dónde la percebes? ¿Qué sientes? ¿Presión, dolor, congoja, contracción? ¿Dónde lo sientes? ¿En qué parte de tu cuerpo? ¿Con qué intensidad?

Repite este proceso con el miedo, después con la alegría y, por último, con el amor. Date el tiempo necesario para identificar cada una de estas emociones en tu cuerpo. Esto te permitirá saber cómo respondes ante cada una de ellas. De este modo, ante cualquier acontecimiento de tu vida, podrás saber e identificar cómo te sientes realmente si te permites escuchar lo que tu cuerpo te muestra.

-Sara Estébanez-

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