Era el último día de vacaciones que pasábamos en aquella isla. Todo había sido tranquilo, muy tranquilo. Quizás demasiado. Cuando planee este viaje tenía la intención de descansar y recuperar fuerzas. Pero también pensaba en algún momento un poco más excitante. No había sido así. Iba a volver con las pilas cargadas.

Después de la última cena en el hotel, tomé la decisión de salir a dar una vuelta  por la playa que estaba cerca del Paseo Marítimo. Era espaciosa, larga y al final tenía un par de calas un tanto aisladas que permitía un poco más de tranquilidad. Las había descubierto los primeros días, los peores para mi estrés.

Llevaba un rato paseando cuando al fondo pude ver cómo estaban recogiendo las hamacas. Era un chico muy simpático y agradable. Al llegar a su encuentro me paré a saludarle. Me preguntó a dónde iba. A lo que le contesté que simplemente estaba dando una vuelta, mi avión salía al día siguiente y quería despedirme del lugar.

Con la mejor de sus sonrisas me invitó a una copa, pero me dijo que le esperara al final de la playa donde las calas, así podíamos estar más tranquilos. Me pareció una idea bastante buena, por lo que accedí.

Dirigí mis  pasos hacia el lugar indicado y me senté en la arena, a esperar a mi acompañante. Pasaron pocos minutos cuando observé su silueta acercarse hasta mí. Traía las dos copas. Se sentó a mi lado y nos pusimos a charlar.

Estábamos animados, riéndonos de anécdotas que nos habían pasado. En un momento determinado se acercó aún más mi costado. Pasó su mano por mi cintura y comenzó a besarme el cuello. En seguida noté cómo mi excitación subía. Me entró calor. Segundos más tarde estábamos tumbados besándonos como locos.

Se deshizo de mi vestido y sus pantalones fueron a parar a nuestros pies. Las caricias se sucedían continuamente. Lametones, besos apasionados desde mi cuello hasta el monte de Venus. Paro y mi excitación alcanzó las cotas máximas. La suya también. Era evidente. Su pene estaba erecto y dispuesto a penetrarme. Así fue. Una y otra vez, las envestidas eran maravillosas. Rodeé su cuerpo con mis piernas y nos dejamos llevar.

Cuando terminamos aquel apasionante momento de sexo, tuve la sensación de que alguien nos estaba mirando. Daba igual. Ya tenía mi aventura de esas vacaciones.

-Ruth Fernández-

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