– ¿Qué desea hacer? ¿Le apetece terminar tranquilamente su consumición? ¿O la subo a la habitación?

– Creo que la llevaré conmigo.

– No se preocupe. Yo la llevo.

Acto seguido, dulcemente ofreció su mano para ayudarme a incorporarme, tomó la copa y nos dirigimos hacia la puerta de entrada principal con su enorme escalinata. A su lado unas altas puertas  doradas tapaban un ascensor que había pasado desapercibido para mí hasta el momento. Accionó un botón y accedimos a él. Era grande y luminoso. Con asientos aterciopelados a los laterales.

– Siéntese si lo desea. – Dijo a la vez que presionaba el pulsador número dos.

El ascenso fue lento y suave. Tanto, que se me hizo interminable. Aunque puede ser que fuese por los nervios de no saber a lo que estaba a punto de enfrentarme.

Al salir a la nueva planta, un dorado descansillo nos recibió. En él coronaban tres largos pasillos. Todos del mismo color, fuego pasión.

Tomamos el situado frente al elevador. No se veía un alma. Ni un solo ruido. ¡Qué silencio tan profundo! Caminamos lo que para mí fue una eternidad hasta que se detuvo frente a una puerta. La abrió y me invitó a entrar.

Esta vez la habitación era algo más grande. Las paredes estaban empapeladas en un tono naranja coralino. Mi anfitrión me invitó a sentarme en una butaca baja que había junto a una mesita de café.

– Antes de comenzar con nuestro juego, he de pedirle que busque una palabra clave con la que indicarme que cese la acción que esté llevando a cabo en ese momento. Es como un “Stop”.

Mi rostro me delataba. Estaba atónita ante lo que escuchaba.

Hoy va a descubrir un nuevo mundo. El “bondaje”. Como le comenté antes, empezaremos en el tono suave y delicado. Pero eso no quita que le azote. De hecho, le invito a que se desvista. Si lo desea aquí. O si no en el baño. Como usted más guste.

¡Ay madre mía! ¿Dónde me había metido? Me va a azotar y me tengo que quitar la ropa así, en frío. No tenía nada claro que yo fuese a disfrutar con todo eso. Pero en mi interior algo estaba pasando. No sabía cómo, pero sentía una humedad similar a la del anterior día. ¡Me estaba excitando! ¡No daba crédito!

Me fui al servicio y me refresqué la cara. Era un cúmulo de sensaciones en mí misma. Necesitaba aclarar mis ideas. El solo hecho de pensar en ser azotada hacía despertar mi fuego interior. ¿Cómo podía ser? No entendía nada. Me desvestí lentamente y regresé junto a mi acompañante.

Ahí estaba él esperándome con una especie de corbata de seda entre sus manos. Ya no me parecía tan despamapanante. Iba a azotarme.

– Para comenzar, le voy a tapar los ojos y ataré sus manos. – Dijo a la vez que las tomaba y me las anudaba fuertemente. – ¿Ha elegido la palabra comodín?

– Sí. Arcoíris. – Contesté con gran seguridad lo que me pasmó dada la situación en la que me encontraba.

Acto seguido, tapó mis ojos y me guió hasta lo que yo creí que era la cama. De repente, un fuerte ardor vino a mi glúteo derecho.

– ¡Ahhh! – Gemí.

“Pica.” Pensé para mis adentros.

Al instante, la misma sensación volvió a mí, pero esta vez en el lado opuesto.

¿Con qué me estaba golpenando? No era la mano. Pero yo no había visto que llevase nada. No sé.

Tienes frente a ti la cama, inclínate y ofrécete. – Me susurró al oído a la vez que me empujaba suavemente para dejar mi trasero al aire.

No había terminado de apoyar mis manos sobre las suaves sábanas, cuando ese ardoroso picor volvió a mí.

– Ngggaaa. – Gruñí entre dientes. Era una sensación muy extraña. Era una suma de dolor, picor, gusto y excitación desconocida para mí hasta ahora.

Así transcurrió lo que yo consideré un largo período de tiempo. Mis nalgas y la parte trasera de mis muslos ardían cada vez más. Seguro que lo tenía todo rojo.

De repente, el traqueteo de los golpes cesó y un silencio sepulcral inundó la habitación. ¿Qué estaría haciendo? Al momento, su mano acarició suavemente toda mi zona liberando aquella fogosidad que sentía. Comprobó mi bajo vientre. Estaba empapada para gran sorpresa mía.

– ¡Estás excitada! Eso está bien. ¡Pero que muy bien! – Exclamó a la vez que volvía a azotarme. Pero esta vez con su propia mano. – ¿Deseas que te penetre o que…?

– ¡Siii! – Rogué encarecidamente sin dejarle terminar la frase.

¿No prefieres que te masturbe?

– Noooo.

De repente…

– ¡Agghhh! – Gemí fuertemente. Entre la sorpresa y el placer que sentí al percibir su miembro en mi interior un alarido salió de mi garganta.

– ¿Sigo?

– Sí. Por favor. – Rogué acalorada.

Cuando llegué al éxtasis, salió de mí y volvió a darme unas cuantas azotainas a la vez que me felicitaba.

– Así me gusta. Que seas una buena chica.

Me desató y destapó mis ojos.

– Ahora me voy. Si en cualquier momento deseas que vuelva, no tienes más que descolgar el teléfono y pedir a la recepcionista que suba. Aquí tienes tu bebida. Te dejo para que descanses y te recuperes.

Una vez dicho esto, se dio media vuelta y se evaporó.

Bffff. Como tenía las posaderas. Me dolían centímetro a centímetro. El simple tacto de la ropa me hacía estremecer. A pesar de ello, me encontraba en un estado de embelesamiento total que no reconocía en mí misma. Este contraste de orgasmo y dolor me estaba gustando más de lo normal. No entendía lo que le estaba pasando a mi cuerpo.

Mientras iba reflexionando en todo lo vivido, un profundo sopor vino a mí y me encontré sumida en un profundo sueño.

No sé cuánto tiempo había transcurrido cuando por sorpresa, unos golpes en la puerta me hicieron salir de mi encuentro con Morfeo. ¿Quién sería?

Continuará…

-Sara Estébanez-

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