Ahí estaba Súper López, el vecino del quinto con su patente bulto en la entrepierna cada vez que me veía. Esto era habitual. No había nada entre nosotros, pero en cuanto nuestros ojos se cruzaban, ahí estaba su cuerpo delatándole. Su atracción por mí era evidente. Sin embargo, nunca dijo nada.

Pero he de confesarte una cosa. Yo también sentía algo por él pero jamás me atreví a manifestarle mi atracción por él. Eso sí, hasta hoy. Luego te cuento.

Como siempre hacíamos cada vez que subíamos en ascensor. Uno de los dos daba al botón de llamada. Cuando llegaba y se abrían las puertas, él, caballerosamente, me abría la puerta. Yo pasaba y después lo hacía él. Claro, que no estoy muy segura de que sólo fuera caballerosidad o si había algo más. Tengo la sensación de que el acceder tras que lo hiciese yo le permitía deleitar su mirada analizando mis curvas y mi trasero.

Hoy, como todos los días, así hizo. La puerta se abrió. Primero entré yo y luego, él. Dio al quinto, su piso y al séptimo, el mío. Ya se lo sabía de memoria. Llevábamos más de tres años de vecinos.

Hasta aquí todo fue rutinario: sonrisa, cortesía, botones… Como siempre. Pero lo que sucedió a continuación ya no fue nada usual. De repente, un agudo chirrido hizo acto de presencia a lo que le siguió un pequeño zarandeo de la caja del ascensor para después pararse ahí instantáneamente.

Ahí estábamos los dos. Colgados y parados dentro del ascensor y sin poder salir de él. Inmediatamente, nos miramos el uno al otro. No articulamos palabra alguna. El único contacto, nuestros ojos.

Pasado lo que para mí fue una eternidad, salí de esa monotonía y esa quietud en la que nos encontrábamos y me acerqué a él rozando su entrepierna. Pero lo que iba a ser una simple caricia, se convirtió en algo más. Es lo que te decía antes, eso estaba más duro que el Menneken Pis. Agarré con la palma de mi mano todo su paquete y lo masajeé.

– ¿Qué te pasa ahí? – Pregunté maliciosamente.

Era incapaz de contestar. De sus labios sólo salió un pequeño e ilegible balbuceo. Estaba todo noqueado, y yo me aproveché de ello. Sabía que lo que le estaba haciendo le producía placer aunque él fuese incapaz de manifestarlo. Su Ser estaba cada vez más y más pétreo. Le desabroché la cremallera y accedí a él. Claro, que ahí ya no pudo más y él también respondió a mis caricias. Me desabrochó los botones de la camisa y mesó mis pechos como si fuese la masa de un bizcocho. Una vez manoseados en toda su expresión, pasó a comérselos succionándolos con esos labios que tanto me atraían. Así continuó, bajando poco a poco hasta llegar a mi entrepierna y acceder a ella. Lo tenía fácil, con sólo levantarme la falda, ahí me tenía. Me despojó de toda mi ropa interior y penetró en mí hasta llevarme al éxtasis total. Primero yo, y después él.

Lo que iba a ser un simple viaje en ascensor se convirtió en lo que fue un orgasmo compartido en toda regla.

-Sara Estébanez-