Lo seres humanos, según vamos pasando por la vida, vamos realizando aprendizajes nuevos, e incorporándolos a nuestro día a día. Esto en sí mismo no es malo, sino todo lo contrario. Veámoslo con un ejemplo.

Imaginemos un niño. Según nuestros hijos van creciendo, van aprendiendo cosas nuevas en casa, con sus amigos, en el colegio y en infinidad de lugares más. Pero veámoslo con la escuela, que nos es más sencillo. Cuando ya sabe distinguir las vocales, se le enseña las primeras consonantes, la “S”, la “M”, la “L”. Y así hasta que aprende a reconocer todas las letras del abecedario e incluso combinaciones de ellas formando sus primeras palabras. Esto en sí, no conlleva ningún perjuicio a nivel de relacionarse con la gente con la que le rodea. Al revés, los de su alrededor van creciendo con él. Y no sólo me refiero a sus compañeros, las personas más mayores que él van viendo su desarrollo incluso a veces se sientan con él a jugar con las letras.

Este es un ejemplo de cómo el aprendizaje de algo nuevo enriquece la relación entre las personas. En este caso, el niño, ya no sólo es que comparta rato con sus padres, sino que ya puede escribirles, hacer con ellos la lista de la compra o leérsela en el supermercado cuando están comprando.

Pero esto no es exclusivo de la infancia, lo podríamos extrapolar a cualquier edad y a todos los ámbitos de nuestra vida. Todos vamos aprendiendo cosas nuevas en la vida y los que nos acompañan en ella van creciendo con nosotros. Es ley de vida y, sin embargo, a pesar de ello muchas veces me encuentro que en las parejas no siempre ven el aprender como algo positivo y beneficioso para ellos. En algunas ocasiones, uno de los componentes de la pareja o incluso los dos, bloquea todo lo referente a su aprendizaje y se impide crecer.

¿A qué se debe esto? En la mayoría de los casos el origen está en el miedo que tiene de perder a la persona con la que está. Cree que si cambia, ya no será la persona de la que se enamoró su pareja y que va a abandonarla. O que si ella cambia, el amor entre ambos va a ir a peor y cada vez se van a distanciar más. O que van a convertirse en personas diferentes y ya su relación se va a romper. Incluso se ve cuando la gente no quiere cambiar de conductas y sigue haciendo siempre lo mismo muy a pesar de ser consciente de que lo que está haciendo no le llena y desearía estar desarrollándose en otro ámbito. O al revés, consideran que quien tiene que cambiar es el otro componente de la pareja y ellos no tienen nada que hacer.

Ante esta situación, siempre digo lo mismo, cuando uno cambia internamente, su realidad fuera se transforma. Es algo inherente al ser humano. Con lo que cuando uno de los miembros de la pareja siente esa necesidad de modificar algo en su vida, le invito a que lo haga. No por la pareja o por otra persona, sino por sí mismo o misma. Después, ya veremos lo que pasa cuando tú cambies internamente. Eso sí, ten por seguro que fuera, en la vida real, verás los resultados de los nuevos comportamientos, actitudes o conocimientos que has adoptado.

 Es ley de vida, cuando uno cambia, todo cambia. Y en la pareja pasa lo mismo. Si tú internamente modificas tu propia esencia, la persona con la que convives también lo hará. Los dos, tarde o temprano, creceréis juntos. Y si la otra persona se encuentra a gusto donde está y se niega a cambiar, tras ver tus nuevos comportamientos, tienes dos opciones, admitirlo así, tal y como es y continuar con tus cambios y con esa pareja, o dejar de lado a tu pareja y emprender un nuevo camino a solas o con otra nueva persona. La idea de volver a ser lo de antes para que la pareja siga con uno, no la contemplo, pues eso significaría que no estás siguiendo los instintos de tu corazón.

Pero insisto, cuando uno cambia, su alrededor cambia. No tengas miedo a hacerlo. Lo más probable es que tu pareja te acompañe en ese nuevo camino. Y si no, se marchará y encontrarás a otra. Es como el caso de tener hijos. No sólo tiene descendencia una de las partes de un matrimonio, es parte de los dos, con lo que ambas partes deberán adaptarse a la nueva situación y adquirir nuevas responsabilidades. Todo ello se hará negociando y viendo qué posibilidades y necesidades tiene cada uno. Pero el hecho de tener descendencia no significa en sí mismo la separación. Es una adaptación a una nueva situación que ambos dos tienen que hacer. Pues lo mismo pasa cuando uno crece en algún ámbito de su vida. Directa o indirectamente influirá en su pareja y no por ello ha de ser negativo. Al revés, los dos crecéis juntos, igual que el niño que aprende a leer.

-Sara Estébanez-

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